El largo camino a casa
June 18, 2026
El largo camino a casa
El viaje de un refugiado a través de la incertidumbre, la burocracia y la búsqueda de seguridad...
Por Grace Asiegbu
Emma Yaaka llegó al Aeropuerto O'Hare de Chicago en 2017, tras pasar tres años en un campo de refugiados en Kenia. Para cuando llegó a Estados Unidos, ya había soportado más de 40 entrevistas en las que tuvo que revivir su trauma, innumerables controles de seguridad y años de vivir en un limbo.
"Es realmente muy duro vivir así, llevar una vida sin saber hacia dónde te diriges ni de dónde vienes. No logras definir a dónde perteneces", dijo Yaaka. "Es realmente difícil".
Para muchos estadounidenses, el reasentamiento de refugiados parece un proceso sencillo: abandonar un lugar peligroso, llegar a un centro de acogida, esperar un turno y ser enviado al destino final. Sin embargo, el reasentamiento es un proceso sistemáticamente desigual, lleno de imprevistos y sin plazos claros.
Si a esto se suman las pausas y revocaciones de la administración de Trump, la carga emocional se acumula: la incertidumbre sobre la reunificación familiar, la necesidad de desenvolverse en sistemas que apenas se comprenden y el peso constante de saber que la seguridad propia no está garantizada.
Emma huyó a Nairobi, Kenia, en 2014, tras años de amenazas y violencia motivadas por su orientación sexual en su país natal, Uganda. Abandonar su hogar fue doloroso, pero el peligro de quedarse allí era peor.
"No me fui de mi país buscando comodidad o más oportunidades. Tenía una familia en la que podía contar. Tenía amigos. Tenía una comunidad a la que quería mucho", dijo Yaaka con nostalgia. "Las amenazas, el miedo y el acoso se habían convertido en parte de mi vida cotidiana, así que no podía soportar seguir allí. La única opción para mí era buscar seguridad y protección en otro lugar o en cualquier otro sitio".
Para cuando los refugiados llegan a un campo de asentamiento —a menudo en un tercer país con el que no tienen vínculos ni origen común—, ya cargan con el peso psicológico del desplazamiento. Las barreras lingüísticas, el choque cultural y el trato injusto por parte de la población local son problemas a los que se enfrentan estas personas que huyen de la persecución.
"Lo dejé todo; salí de mi país sin nada más que una camiseta roja. No conocía a nadie en Nairobi", lamentó Emma.
Una de las primeras cosas que tuvo que hacer fue registrarse ante la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR). Es entonces cuando el proceso comienza "oficialmente" y entra en juego la maratón de verificaciones y controles. Para los refugiados que serán reasentados en Estados Unidos, el proceso de verificación dura un promedio de 36 meses (tres años). A pesar de ello, los refugiados pueden permanecer en esa situación mucho más tiempo del previsto oficialmente, hasta 17 años, según estimaciones del ACNUR sobre el desplazamiento prolongado a nivel mundial.
Maya Oyarbide Sánchez, directora del programa de bienestar de RefugeeOne, una organización sin fines de lucro con sede en Chicago que apoya el reasentamiento y la integración de refugiados, señaló que el impacto psicológico de esperar durante un tiempo no determinado es, por sí solo, perjudicial.
"Si te encuentras en una situación en la que no sabes cuánto tiempo vas a estar allí, en un limbo en cuanto a tu estatus legal —sin acceso a los recursos que tienen los demás residentes—, eso también repercute enormemente en tu propia autopercepción, en cómo entiendes tu lugar en el mundo y en qué opciones tienes frente a otras personas", afirmó Oyarbide Sánchez.
Puede que el tiempo de espera de Emma para entrar en EE.UU. fuera mucho menor que el promedio mundial de 17 años establecida por la ONU, pero la cantidad de entrevistas —46— fue una cifra que le resultó abrumadora.
"Volver a contar tu historia podría tener un efecto empoderador, pero esa no es la experiencia predominante de la que escucho", comentó Oyarbide Sánchez. En estas entrevistas, continuó, el objetivo es verificar la historia de la persona. Se examina minuciosamente la solicitud desde distintos ángulos para asegurarse de que los datos "coincidan". Por eso los refugiados pasan por tantas entrevistas; se espera que narren la misma historia (o una muy similar) con un nivel de detalle exhaustivo y casi sin variaciones a lo largo de los años.
"También sabemos que, en el caso de personas que han vivido experiencias traumáticas, aferrarse a pequeños detalles o fragmentos de información... así no es como funciona nuestro cerebro ante un trauma cuando intentamos sobrevivir a algo", explicó Oyarbide Sánchez.
Estos espacios de entrevista —donde los refugiados deben revivir sus experiencias, someterse a exámenes médicos y físicos, y pasar por múltiples verificaciones de antecedentes y pruebas ideológicas— no están diseñados para fomentar una relación que empodere a la persona, añadió. Todo gira en torno a la eficiencia, la seguridad y el protocolo, lo que deja a algunos refugiados sintiéndose desilusionados, en el mejor de los casos.
"Haber vivido una experiencia y que los funcionarios te interroguen al respecto puede agudizar ese sentido de no contar con apoyo ni credibilidad", añadió.
No existe una experiencia única para todos los refugiados. Algunos países ofrecen a los refugiados más derechos y autonomía que otros. Según Oyarbide Sanchez, gran parte de lo que determina la trayectoria de un refugiado es el país al que huye. En el caso de Emma, Kenia no concedía permisos de trabajo a los refugiados,
lo que obligaba a él y a otros solicitantes de asilo a depender exclusivamente de la ayuda humanitaria o de la solidaridad entre los propios refugiados, sobre todo teniendo en cuenta que la población local keniana los acusaba de "robar sus recursos".
Tras años en el limbo en Nairobi, Emma finalmente llegó a Estados Unidos. Sin embargo, el tiempo de espera no se esfumó cuando su avión aterrizó en Chicago. Su experiencia no es típica, pero sí reveladora. Los detalles de las travesías de los refugiados varían enormemente, según su geografía, las políticas y el azar. Lo que permanece constante es la incertidumbre inherente al proceso.
El reasentamiento, por tanto, no se reduce a un único momento de llegada. Es una negociación prolongada con la burocracia, la memoria y el sentido de pertenencia; un proceso que a menudo transforma a las personas mucho antes de que finalmente puedan sentirse seguras.
Traducido por La Voz Chicago
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